El día 19 de Enero del 2007 es brutalmente asesinado en Estambul el periodista turco de origen armenio, Hrant Dink, frente a las oficinas del semanario bilingüe turco-armenio “Agos”, del cual él era fundador y jefe de redacción.

Hrant fue uno de los periodistas más importantes e influyentes de Turquía en los últimos tiempos, y se impuso como una de las voces más representativas de la comunidad Armenia de ese país. A través de su obra y vida se encargó de denunciar las injusticias cometidas contra los armenios por parte de la opinión pública turca, y siempre subrayó la necesidad de que el Estado turco reconociera las atrocidades realizadas en el pasado; como lo fue el genocidio sistemático de un millón y medio de armenios. Hrant Dink fue un mensajero de la paz; fue un puente de unión, diálogo y entendimiento entre los pueblos armenio y turco; enemistados ya desde hace muchas décadas.
Sin embargo el rol y el compromiso de este periodista no sólo se enfocaron en cuestiones armenias y asuntos referentes a la diáspora armenia, sino que su labor se basó fundamentalmente en la crítica constructiva de aquellos males e injusticias que imposibilitaban el desarrollo de la sociedad y de la democracia en su Turquía. En este sentido Hrant Dink desempeño un papel importante en distintas organizaciones cívicas y a través de sus columnas en diversos diarios reiteradamente reclamó y denunció la necesidad de una democratización en el país, una mayor libertad de expresión, la incondicional abolición del artículo 301 del código penal turco y el respeto de los derechos cívicos y de las minorías.

Consecuentemente, su muerte causó un tremendo dolor irreparable. Prueba de ello fueron las más de 100 000 personas convocadas en el funeral del periodista que marcharon con pancartas por las calles de Estambul coreando: “Todos somos Hrant Dink”, “Todos somos armenios” “Viva la hermandad de los pueblos”. La multitud compuesta por partidos políticos, asociaciones turcas, miembros y representantes de la comunidad armenia y kurda, transformaron un lamentable funeral en un acto público de oposición al régimen imperante en el país. La sociedad venció sus miedos; la voz de Hrant cobró vigencia y cientos de personas cansadas de tanta opresión se manifestaron en contra del polémico y asesino “Artículo 301” del código penal turco.

Éste artículo se incorporó al Código Penal Turco en el año 2005 en reemplazo al articulo 159 del código penal anterior. Esta es una de las herramientas que posee el Estado para procesar a defensores de los derechos humanos, periodistas y otros miembros de la sociedad civil; ya que se puede aplicar arbitrariamente para darle carácter delictivo a una enorme gama de opiniones críticas.
El artículo 301 establece:

  1. El agravio público a la identidad nacional turca, a la República o a la Gran Asamblea Nacional se castigará con pena de prisión de seis meses a tres años.
  2. El agravio público al gobierno de la República de Turquía, a las instituciones judiciales del Estado, a las fuerzas armadas o las estructuras de seguridad se castigará con pena de prisión de seis meses a dos años.
  3. En los casos en que el agravio a la identidad nacional turca lo cometa un ciudadano turco en un país extranjero, la pena se aumentará en un tercio.
  4. La expresión de pensamientos cuyo fin sea la crítica no constituirá delito.

La salvedad final expresada en el inciso 4 sugiere que las expresiones definidas como “crítica” y no como “agravio público” no son punibles. Sin embargo establecer la diferencia entre crítica y agravio es problemático, ya que la falta de certeza jurídica sobre la tipificación de este delito permitirá que los jueces o fiscales hagan interpretaciones arbitrarias del mismo.
Amnistía Internacional en su declaración del 1º de diciembre del 2005 considera que el 301 es contrario a las obligaciones legales de Turquía y en consecuencia insta a las autoridades turcas a la derogación total y al fin de todos los procesamientos que se hayan iniciado en aplicación del mismo.
Precisamente debido a ésta ley se han procesado a diversas personas y personalidades de Turquía, como el escritor y premio Nóbel de literatura Orhan Pamuk y el mismísimo Hrant Dink, entre otros.
Hrant fue procesado en varias ocasiones; en octubre de 2005 le impusieron una condena condicional de seis meses por “agraviar la identidad nacional turca” por un artículo periodístico que había escrito. En él Dink le decía a la diáspora armenia que su obsesión con las matanzas de 1915-1917 les estaba generando un “efecto venenoso en su sangre”. Una corte turca modificó esa frase, sacándola de contexto y señalando que el periodista había dicho que la “sangre turca era sangre sucia”, y por ese motivo lo encontraron culpable de “insultar la terquedad o a los valores turcos”. El segundo procesamiento de Hrant fue por expresiones vertidas en una conferencia en la ciudad turca de Urfa sobre el tema “Seguridad global, terror y derechos humanos, pluralidad cultural, minorías”
En septiembre de 2006 lo denunciaron nuevamente por calificar de “Genocidio” las masacres de armenios cometidas en Anatolia durante la primera guerra mundial, en una entrevista que realizó la agencia Reuters con el fallecido periodista.

A partir de su persecución judicial, la vida de Hrant cambió completamente. Las amenazas de muerte comenzaron a dificultar su profesión y su vida. Pensó en exiliarse, sin embargo, se quedó para resistir sabiendo que corría alto riesgo su vida. Finalmente es baleado y asesinado frente a las dependencias del semanario Agos, por un joven semianalfabeto de 17 años en ese entonces, llamado Ogun Samast. Éste recibió un arma de un grupo de nacionalistas que aprovecharon la ignorancia y la confusión del adolescente para concretar el hecho. Es evidente que estos personajes marginales son solo “peones” de este juego La verdadera realidad es que el desenlace y la trágica muerte de Hrant Dink haya los preceptos en la lógica de una ideología oficial asesina y persecutoria proveniente desde el Estado mismo, que utiliza a la justicia como herramienta para lograr sus cometidos. Hrant era muy claro en este sentido, y en su última nota de editorial señala: “Debo confesar que he perdido totalmente mi confianza en el concepto de ley y en el sistema jurídico de Turquía”,”La justicia no defiende el derecho de los ciudadanos. Defiende al Estado. La justicia no es para los ciudadanos; esta bajo el control del Estado”.

A medida que se desarrolla el juicio para hallar a los responsables del asesinato del periodista la complicidad y responsabilidad del Estado en el hecho se torna cada vez más evidente. Ante los ojos de la prensa y la comunidad internacional, el por entonces primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan condenó el ataque y manifestó que se haría justicia. Sin embargo según los informes de Amnistía Internacional las autoridades turcas no han llevado ante los tribunales a todos los responsables del asesinato de Hrant Dink. Curiosamente en un informe de Julio de 2008 la Comisión Parlamentaria de Derechos Humanos turca halló que hubo negligencia y falta de coordinación por parte de los servicios de seguridad y, que a pesar de haber sido informados de que ocurriría el asesinato, no hicieron nada para impedirlo.
Hasta el momento se han emprendido acciones judiciales contra varias personas acusadas de la planificación del hecho; y contra varios gendarmes acusados por “negligencia en el cumplimiento del deber”. Sin embargo se ha avanzado poco en la investigación, y mientras tanto han ocurrido hechos indignantes que avergüenzan aún más a la justicia.
Por ejemplo, la abogada de la familia Dink culpa además a la policía por la obstaculización de la investigación así como la destrucción de pruebas. Por otro lado, poco tiempo después de la muerte de Hrant, un canal privado de televisión emitió imágenes de Ogun Samast, el joven que le disparó a Dink, después de ser detenido sujetando una bandera turca en compañía de miembros de la policía y gendarmería local posando para unas “fotos de recuerdo”. En segundo plano se percibía un cuadro en el que figuraba la cita del genocida Mustafa Kemal Ataturk: “La tierra de la madre patria es sagrada. No puede ser abandonada a su suerte”. Finalmente al canal de televisión le retiraron su acreditación por haber emitido el video.
A más de 90 años del genocidio armenio, tratarlo y saber su verdad en Turquía es un tabú. Su sola mención atenta contra “la identidad nacional”. El mismo reconocido premio Nóbel de literatura Orhan Pamuk, debió exiliarse tras manifestar en una entrevista en Suiza que “30 mil kurdos y mas de un millón de armenios fueron asesinados”.

Lamentablemente en Turquía nada ha cambiado. Aquellos soñadores como Hrant y Orhan entre otros, que anhelaban un país moderno multiétnico y democrático; reconciliado con su pesada verdad histórica; han chocado nuevamente con la maquinaria del estado y con un sistemático plan: “El genocidio intelectual”. Los bárbaros métodos de persecución de antaño han quedado atrás y el gobierno se ha amparado en la ley, para perseguir a aquellos intelectuales e idealistas con opiniones críticas y diversas. El artículo 301 ha callado muchas voces… Peor aún… ha influenciado e inspirado a muchos jóvenes, cegados por el fanatismo, a que aprieten el gatillo de la vida.

De esta manera se retiró de este mundo Hrant. Un buen turco, un buen armenio. La victima 1500 001 de un genocidio que aun se desangra en el negacionismo y la intolerancia. El conocía el camino que transitaba, y sabía bien cuál era el destino que corría junto a su familia. Hrant Dink en su última nota decía:

“Nos vamos a quedar y a resistir. ¿Pero si nos obligan a partir? Saldremos igual que en 1915…igual que nuestros antepasados…sin saber a dónde vamos…caminando por los caminos que ellos caminaron…Sintiendo los mismos sufrimientos, teniendo la experiencia del dolor. Vamos a dejar nuestra patria cargando esa acusación y podemos ir adonde nos lleven nuestros pies. Pero, sin embargo, no a donde nos lleven nuestros corazones (…)”.